Salmo 24 (23): ¿Quién puede subir al monte del Señor?



Texto

¿Quién puede subir al monte del Señor?

1 Salmo de David.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

2 él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos.

3 –¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

4 –El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura con engaño.

5 Ese recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

6 –Esta es la generación que busca al Señor,

que busca tu rostro, Dios de Jacob. (Pausa)

7 ¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las puertas eternales:

va a entrar el Rey de la gloria.

8 –¿Quién es ese Rey de la gloria?

–El Señor, héroe valeroso,

el Señor valeroso en la batalla.

9 ¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las puertas eternales:

va a entrar el Rey de la gloria.

10 –¿Quién es ese Rey de la gloria?

–El Señor, Dios del universo,

él es el Rey de la gloria. (Pausa)

Comentarios

El salmo procesional 23, que la Iglesia nos propone como “canto de subida” para la liturgia de hoy, indica algunos elementos concretos que forman parte de nuestra subida, y sin los cuales no podemos ser levantados: las manos inocentes, el corazón puro, el rechazo de la mentira, la búsqueda del rostro de Dios. Las grandes conquistas de la técnica nos hacen libres y son elementos del progreso de la humanidad sólo si están unidas a estas actitudes; si nuestras manos se hacen inocentes y nuestro corazón puro; si estamos en busca de la verdad, en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces sólo si reconocemos humildemente que debemos ser atraídos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Le necesitamos. Él nos atrae hacia lo alto, sosteniéndonos en sus manos –es decir, en la fe– nos da la justa orientación y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se confía a la verdad de su amor.

La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios“que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6).


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