1 de mayo. San José Obrero

Memoria litúrgica instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955. Benedicto XVI explica el origen de esta fiesta y algunas consecuencias de la "santificación del trabajo" en el marco de su discurso a las Asociaciones Cristianas de Trabajadores Italianos.


Regina Caeli, 1 de mayo de 2005



(...)

Hoy iniciamos el mes de mayo con una memoria litúrgica muy arraigada en el pueblo cristiano, la de San José Obrero. Y, como sabéis, yo me llamo José. Fue instituida por el Papa Pío XII, de venerada memoria, precisamente hace cincuenta años, para destacar la importancia del trabajo y de la presencia de Cristo y de la Iglesia en el mundo obrero. Es necesario testimoniar también en la sociedad actual el "evangelio del trabajo", del que habló Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Deseo que jamás falte el trabajo, especialmente a los jóvenes, y que las condiciones laborales sean cada vez más respetuosas de la dignidad de la persona humana.

Pienso con afecto en todos los trabajadores, y saludo a los que están reunidos en la plaza de San Pedro, pertenecientes a numerosas asociaciones. En particular, saludo a los amigos de las Asociaciones cristianas de trabajadores italianos (ACLI), que este año celebran el sexagésimo aniversario de su fundación, y les deseo que sigan viviendo la opción de "fraternidad cristiana" como valor que es preciso encarnar en el ámbito del trabajo y de la vida social, para que la solidaridad, la justicia y la paz sean los pilares sobre los que se construya la unidad de la familia humana. Por último, dirijo mi pensamiento a María: a ella está dedicado particularmente el mes de mayo. Con la palabra, y más aún con el ejemplo, el Papa Juan Pablo II nos ha enseñado a contemplar a Cristo con los ojos de María, especialmente valorando la oración del santo rosario. Con el canto del Regina caeli encomendemos a la Virgen todas las necesidades de la Iglesia y de la humanidad.
 
 

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI

A LAS ASOCIACIONES CRISTIANAS DE TRABAJADORES ITALIANOS (ACLI)


Viernes 27 de enero de 2006




Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos miembros de las ACLI:

Nos encontramos hoy con ocasión del sexagésimo aniversario de la fundación de las Asociaciones cristianas de trabajadores italianos. Saludo al presidente Luigi Bobba, y le agradezco cordialmente las amables palabras que me ha dirigido y que me han conmovido verdaderamente; saludo a los demás dirigentes y a cada uno de vosotros. Dirijo un saludo especial a los obispos y a los sacerdotes que os acompañan y cuidan de vuestra formación espiritual.

Vuestra asociación nació por la intuición clarividente del Papa Pío XII, de venerada memoria, que quiso dar cuerpo a una presencia visible y eficaz de los católicos italianos en el mundo del trabajo, sirviéndose de la valiosa colaboración del entonces sustituto de la Secretaría de Estado, Giovanni Battista Montini. Diez años más tarde, el 1 de mayo de 1955, el mismo Pontífice instituyó la fiesta de San José obrero, para proponer a todos los trabajadores del mundo el camino de la santificación personal a través del trabajo, y restituir así al esfuerzo diario la perspectiva de una auténtica humanización. También hoy la cuestión del trabajo, en el centro de cambios rápidos y complejos, sigue interpelando la conciencia humana y exige que no se pierda de vista el principio de fondo que debe orientar toda opción concreta: el bien de cada ser humano y de toda la sociedad.

Dentro de esta fidelidad fundamental al proyecto originario de Dios, quisiera releer ahora brevemente con vosotros y para vosotros las tres "consignas" o "fidelidades" que históricamente os habéis comprometido a encarnar en vuestra multiforme actividad. La primera fidelidad que las ACLI están llamadas a vivir es la fidelidad a los trabajadores. La persona es "la medida de la dignidad del trabajo" (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 271). Por eso, el Magisterio ha recordado siempre la dimensión humana de la actividad laboral, orientándola a su verdadera finalidad, sin olvidar que el coronamiento de la enseñanza bíblica sobre el trabajo es el mandamiento del descanso. Por consiguiente, exigir que el domingo no se homologue a todos los demás días de la semana es una opción de civilización.

De la primacía del valor ético del trabajo humano derivan otras prioridades: la del hombre sobre el trabajo mismo (cf. Laborem exercens, 12), la del trabajo sobre el capital (cf. ib.) y la del destino universal de los bienes sobre el derecho a la propiedad privada (cf. ib., 14): en suma, la prioridad del ser sobre el tener (cf. ib., 20). Esta jerarquía de prioridades muestra con claridad que el ámbito del trabajo, con pleno derecho, forma parte de la cuestión antropológica.

En este campo emerge hoy una nueva e inédita consecuencia de la cuestión social relacionada con la defensa de la vida. Vivimos en un tiempo en el que la ciencia y la técnica brindan posibilidades extraordinarias de mejorar la existencia de todos. Pero un uso incorrecto de este poder puede provocar graves e irreparables amenazas contra el destino de la vida misma. Por tanto, hay que reafirmar la enseñanza del amado Juan Pablo II, que nos invitó a ver en la vida la nueva frontera de la cuestión social (cf. Evangelium vitae, 20). La defensa de la vida, desde su concepción hasta su término natural, y dondequiera que se vea amenazada, ofendida o ultrajada, es el primer deber en el que se expresa una auténtica ética de la responsabilidad, que se extiende coherentemente a todas las demás formas de pobreza, de injusticia y de exclusión.

La segunda consigna a la que quisiera animaros es, de acuerdo con el espíritu de vuestros padres fundadores, la fidelidad a la democracia, la única que puede garantizar la igualdad y los derechos de todos. En efecto, se da una especie de dependencia recíproca entre democracia y justicia, que impulsa a todos a comprometerse de modo responsable para que se salvaguarde el derecho de cada uno, especialmente de los débiles o marginados. La justicia es el banco de prueba de una auténtica democracia.

Dicho esto, no hay que olvidar que la búsqueda de la verdad constituye al mismo tiempo la condición de posibilidad de una democracia real y no aparente: "Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia" (Centesimus annus, 46). De aquí la invitación a trabajar para que aumente el consenso en torno a un marco de referencias comunes. De lo contrario, el llamamiento a la democracia corre el riesgo de ser una mera formalidad de procedimiento, que perpetúa las diferencias y acentúa los problemas.

La tercera consigna es la fidelidad a la Iglesia. Sólo una adhesión cordial y apasionada al camino eclesial garantizará la identidad necesaria, que se hace presente en todos los ámbitos de la sociedad y del mundo, sin perder el sabor y el aroma del Evangelio. Con razón, las palabras que Juan Pablo II os dirigió el 1 de mayo de 1995 —"Sólo el Evangelio renueva las ACLI"— indican aún hoy a vuestra asociación el camino real, dado que os alientan a poner en el centro de la vida asociativa la palabra de Dios y a considerar la evangelización como parte integrante de vuestra misión.

Además, la presencia de los sacerdotes, para acompañaros en vuestra vida espiritual, os ayuda a valorar vuestra relación con la Iglesia local y a fortalecer vuestro compromiso ecuménico y de diálogo interreligioso. Como laicos y trabajadores cristianos asociados, cuidad siempre la formación de vuestros miembros y dirigentes, desde la perspectiva del servicio peculiar al que estáis llamados. Como testigos del Evangelio y constructores de vínculos fraternos, estad presentes con valentía en los ámbitos cruciales de la vida social.

Queridos amigos, el hilo conductor de la celebración de vuestro sexagésimo aniversario ha sido volver a interpretar estas históricas "fidelidades", valorando la cuarta consigna con la que el venerado Juan Pablo II os exhortó a "ensanchar los confines de vuestra acción social" (Discurso a las ACLI, 27 de abril de 2002, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de mayo de 2002, p. 10). Que este compromiso para el futuro de la humanidad esté animado siempre por la esperanza cristiana. Así también vosotros, como testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo, contribuiréis a infundir nuevo dinamismo a la gran tradición de las Asociaciones cristianas de trabajadores italianos y, bajo la acción del Espíritu Santo, podréis cooperar a renovar la faz de la tierra. Que Dios os acompañe y la Virgen santísima os proteja a vosotros, a vuestras familias y todas vuestras iniciativas. Os bendigo con afecto, asegurándoos un recuerdo especial en mi oración.  

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